2 sept 2011
1 sept 2011
29 ago 2011
La mirada del resucitado
Foto: Rafael Ojea, verano 2011Texto de Ángel Gómez Calle, incluido en el catálogo de la exposición Amando en el Castillo de Soutomaior, 1993
LA MIRADA DEL RESUCITADO
Cada hombre porta en su interior un cofre con sus imágenes sagradas. Desde el momento que las hace públicas, las condena a la profanación de sus discípulos, exégetas, críticos y custodios que las trasladan del ámbito hermético de lo íntimo y secreto, al mercado de la opinión pública, donde serán desmenuzadas, manipuladas de mil maneras.
Siguen así las obras de arte el mismo destino que los hombres: la entrada en el ámbito del otro, de los otros, con sus atribuciones y valoraciones, pueden definir para el hombre y para sus obras una identidad necesaria para existir como seres sociales, pero condena irremediablemente a alguna forma de mixtificación de lo que uno mismo considera es su "auténtica", su "verdadera" identidad.
Creo que hay en ello un desgarro y un enriquecimiento, pues la apreciación de su obra por el otro hace al autor verla desde entonces con otros ojos, encontrar, al mirarla de nuevo, otras sensaciones, reflexiones o sorpresas, buscar en ella algo que el comentario le desvela.
El pintor y su comentarista son como Narciso y la ninfa Eco. Aquél ofrece la imagen sin voz, ésta ofrece palabras sin imagen. Se muestra una vez más ese juego especular y de imposible conciliación definitiva de las dos mayores creaciones del hombre: la imagen y la palabra.
Amando me ha pedido que comente su obra. A mi juicio, de modo insensato, dada mi total falta de experiencia en tales lides y mis conocimientos más que insuficientes en la materia. Ni siquiera soy aficionado metódico a las novedades en este arte, sino vago y botarate espectador, ocasional admirador de eventos que casualmente se cruzan en mi camino. Pero amistad obliga.
La pintura de Amando parece nacer de una mirada jubilosa al Universo, perpleja ante la comparecencia que ante él hace la naturaleza y sus objetos.
Un júbilo intensísimo, propio del que estuvo a punto de perderlo todo, del superviviente que se ha visto muy cerca de la muerte, que ha vivido el terror de su inminente presencia. Del que en su infancia, a los 7 años, fue vestido de gala y llevado a la naturaleza, al campo, a su tierra originaria para que allí se diera el irremediable tránsito.
¿Cómo se puede mirar el mundo después de ésto, ya devuelto a la vida?
En este caso, Amando, el superviviente, parece que entiende, brutalmente, que nada se puede dejar para mañana. Siente hambre de las cosas, un voraz impulso para la observación y la admiración, cercano a la estupefacción atónita ante lo que estuvo a pique de perderse. Y que decide no dejar pasar ya nada ante sus ojos con indiferencia, pues todo adquiere un nuevo don de maravillosa gratuidad, irrepetible, digno de ser percibido con los cinco sentidos. Y aguza la vista y el oído, toca y retoca, degusta y husmea, dialoga con los objetos y las criaturas reencontradas.
Pero pasan los años y se acumulan montañas de tesoros perceptivos, de sensaciones, de reflexiones. ¿Dónde se establece, entonces, el territorio de la memoria, cómo distinguir la experiencia del descubrimiento? De aquí la perplejidad. La feroz contemplación, el exceso perceptivo tienen que ser controlados, domeñados. Y parece que Amando, para afrontar esta tarea, hubiera optado por la búsqueda, a mi juicio, mística, de "lo esencial" de las cosas; esencia como elemento ordenador de la vorágine sensorial en que se encuentra, que domine los señuelos perceptivos más evidentes y vaya ofreciendo conceptos ordenadores de todo lo que deslumbra su mirada. Y como vehículo posibilitador de este trabajo, que a su vez pueda dar cuenta de él. Amando elige la pintura, a la vez liturgia para oficiar el gozo de existir y rendir un nuevo culto a la naturaleza, y artefacto, método para ir recolocando lo existente en su conciencia a través del manejo del espacio pictórico como metasubjetividad; todo esto desde una posición emocional primigenia de suspensión y maravilla ante "lo dado" a su mirada de resucitado.
Intenta, así, pasar, por medio de la pintura, de un primer contacto ingenuo con el mundo, a la búsqueda de la "esencia" de las cosas. De una conciencia perpleja ante tanta maravilla, a la búsqueda de significación primaria de la presencia de los objetos, de su "identidad". En este sentido, Amando me parece un fenomenólogo que intenta explicarse el tránsito desde la naturaleza a la conciencia, o, en términos agustinianos, desde la evidencia sensible a la última verdad del objeto.
Y para conseguirlo parece ir reduciendo el campo perceptivo para no perderse en la totalidad de lo percibido; intenta establecer pautas de acercamiento a esa totalidad, selecciona objetos pictóricos muy concretos y vuelve a ellos reiteradamente, hasta la saciedad (troncos, cabezas de vacas, frutas, cumbres de montañas, mimosas...). El objeto escogido es siempre natural, el hombre, cuando aparece, lo hace en espacios indefinidos y en estado, curiosamente, "salvaje", siempre en rigurosa soledad. A veces, parece reflexionar sobre los límites entre lo natural y lo cultural, lo que pertenece a "lo mirado" y lo que pertenece al observador, o a "desde dónde se mira" (barandillas, cancelas...).
Los objetos estudiados con frecuencia se fragmentan, se desmenuzan, en una aproximación cada vez más detallista, intentando reconstruir el todo desde los fragmentos que contienen algo sustancial de lo percibido, de lo que se depositó en la memoria de los pasados encuentros con el mundo.
El pintor parece buscar un conocimiento del "sentido" del objeto, transperceptivo, desde el que crear su imagen pictórica, que ya no daría cuenta de la forma del objeto, sino de la experiencia interna que el observador tiene de él. Así, lo que fue experiencia sensible aparece transmutado en imágenes que son suspensión sensorial, evocación ideativa, recuerdo teorizado ("el mar es una montaña de agua"), a veces signos que reflejan contenidos de conciencia, en los que minimiza, hasta la casi desaparición , la elocuencia figurativa.
Ponte da Esperela, 1992. Acrílicos sobre tela 195 x 162 cm.
Por esto, la búsqueda de Amando me parece mística: porque hay una primera actitud contemplativa, de pasmo ante el mundo; porque no hay continuo cambio de objeto pictórico, sino que se toma un objeto como un absoluto, dotado de misterio y de razón oculta, e intenta acceder al conocimiento de él, a la gnosis, a través de un camino de tensa y reiterada búsqueda, de progresiva accesis, de contemplación tenaz, oscura y silenciosa, de vuelta incesante, sobre el objeto con distintos planteamientos espaciales y figurativos, tratamientos cromáticos, texturas de la materia pictórica.
Cuando en el mundo de la imagen se impone la movilidad como valor superior, el zapping visual (no sólo televisivo), es importante que haya creadores que proponen imágenes en las que hay una pretensión de fijeza que las sustancia, en lugar de la paroxística movilidad que consume. Cuando hay una adoración idiota del suicidio, o el asesinato, o la guerra, o el coito en directo, del "estábamos allí" para servirle la mejor imagen fresca, aquí se propone la modestia, el ascetismo visual, se exalta la interioridad del sujeto perceptivo.
Parece existir, a la vez, una indagación sobre el estatuto espacial de las formas que se dan en un determinado ámbito de la mirada. Amando parece decidir que las imágenes, como las sombras, necesitan más luz que cuerpo, más de una ubicación que de una acabada expresión formal dictada por el academicismo o la moda. En esta búsqueda de la ubicación de los objetos es como si quisiera evitar que la imagen exagere su presencia y dilate sus dimensiones hasta adueñarse del espacio pictórico: lo formal queda minimizado en este espacio, y los diferentes fondos cromáticos, las texturas, la materialidad de los colores se adueñan de grandes superficies. Hay como un intento de democratizar las distintas presencias, de permitir la concurrencia de lo percibido y de lo evocado, esfuerzo al que colaboran los objetos pictóricos pasando, en diferentes momentos de la secuencia en que se abordan, de ser evidentes durante un tiempo a su casi desaparición, de la consistencia material a la transparencia o a la levitación, o a convertirse en relieve sígnico apenas perceptible, o a hundirse bajo tierra y degradar su presencia disolviendo su individualidad en el anónimo ciclo de la destrucción y regeneración de la materia.
Hacen así los objetos un tránsito, de la evidencia sensible a una vaga existencia en los territorios de la memoria, de la mítica y de la simbología individual del autor.
Quizá lo más genuino del arte, y su sueño, sea intentar hacer la crónica de estas salidas de escena, perseguir y fijar estas desapariciones, recuperar siempre en la expresión actual algo que, en definitiva, pertenece a la memoria. De ahí la fascinación por los cementerios.
Destrucción y generación; desaparición y presencia, memoria y experiencia actual. Este diálogo incesante parece existir en la pintura de Amando, y, al igual que lo vivo fascinante fortalece su capacidad de sugestión después de la muerte, en sus series el pintor nos transmite la fascinación por los objetos que aparecen y se reconstruyen desde sus propias cenizas.
Pero aún en el viaje más radical a la esencia de las cosas, Amando parece haber descubierto la esterilidad de cualquier conocimiento que no pasa a ser, de algún modo, experiencia compartida con los otros, los amigos, los allegados; en esta lucha para que el conocimiento hallado no muera, puro pero solo, puebla todos los momentos en que se detiene con tazas de café, de presencias, de charlas, en donde, seguramente, encuentra el equilibrio para que sus experiencias íntimas, para que su conocimiento, como el canto del poeta no busque la profundidad hundiéndose, encerrándose, en su oscuro subsuelo del autismo, sino elevándose al aire y convirtiéndose en conocimiento y canto de todos los hombres.
Ángel Gómez Calle, 1993
(psiquiatra)
Foto: Ángel Cardín (Noia, 2008)
22 ago 2011
Inauguración de la exposición AMANDO EN FRÍO
16 ago 2011
AMANDO EN FRÍO
Fotografía: Rafael Ojea ©2011. Diseño tarjeta: Rubén PardiñasExposición: AMANDO EN FRÍO
Pinturas y dibujos de los años 1983-84 y 2011
Heladería Capri
plaza de Compostela 36, Vigo18.08.11 - 02.10.11
inauguración jueves 18 a las 21 h.
1 jul 2011
6 jun 2011
2 jun 2011
Coctel Amando


Fotografías: Rafael Ojea
Exposición COCTEL AMANDO en la coctelería Uno Está (calle Real, 14 Vigo) del 2 de junio al 3 de julio de 2011.
La exposición consta de siete obras fechadas entre 1981 y 2011.
El día de la inauguración Ania González puso en escena su acción poética: CON.
[fragmento de CON]:
“Con”, roca que sale del agua, a veces, en gallego, cuando baja la marea.
“Con”, esa preposición que te acompaña.
“Con”, esa palabra que denomina de forma vulgar, en francés, el sexo femenino.
Con motivo del evento Mª Eugenia Alves ideó el coctel amando.
Cacheiras, madejas de lana, bacalaos... Pintar
El año 1943 mis padres abren bar-ultramarinos, especializado en carnes de cerdo y vinos de O Ribeiro, al que bautizan Bar Marino en el número 13 de la calle Real de Vigo. Durante una galerna, en el invierno de 1956, el viento arranca el bonito letrero del bar con letras amarillas sobre fondo verde y una cacheira con las orejas levantadas sobre un plato. Creo que fue entonces cuando la gente del barrio, y los clientes, comenzaron a llamarnos al bar y a nuestra familia la del Cerdo, la del Cerdo Marino y O Porco. Una trinidad en el nombre y una sola tabernera: la señora Eugenia, mi madre; mi padre, en Brasil.
Al lado del bar, en el mismo edificio, la mercería Bambi especializada en lanas para tricotar. Enfrente, número 14 de la calle, en la que llamaban Casa del Conde, en los bajos: la vivienda y almacén de la familia Sánchez: fruteros valencianos que comerciaban con naranjas y plátanos al por mayor; el bar Noya: vinos, comidas y café exprés (estos dos locales unidos configuran éste en el que estamos ahora); la relojería Pomar, y la tienda de calzados La Estrella que vendía ropas de agua para marineros y zapatos a medida; en los sótanos, la chatarrería de Paco, la cual vigiliba el señor Echevarría. A 80 kilómetros de la calle Real, otro escenario: Roucos. Roucos es una aldea en el corazón de O Ribeiro, con sus viñedos, canteras, pinos y mimosas, un cerezo por cada vecino y la tienda del lugar regentada por mis abuelos.
Durante la década de los años cincuenta, por razones de salud e intendencia familiar, alterné por largas temporadas estos dos escenarios tan opuestos: rural y urbano. Mi paisaje, por entonces, lo componían: cabezas de cerdo, madejas de lana de muchos colores, plátanos, relojes de pulsera y de pared, ropas de agua, naranjas, zapatos a medida, barriles, chatarra variada y cafetera exprés, en la calle Real; cepas, vacas, bueyes, cerdos (éstos vivos), noches llenas de estrellas, hojas de bacalao y rosario diario, en familia, allá en Roucos. De ahí el coctel que configura mi imaginario particular.
Podría decir que 'motivos' —a lo Cézanne— para pintar, nunca me faltaron; pero la pintura vendría a mí mucho tiempo después; cómo, todavía hoy, cuarenta años más tarde de ponerme a ello, no lo tengo nada claro: un buen día la pintura me reclamó para sí. Y desde entonces todos esos "motivos", urbanos y rurales, han ido aflorando en mis obras: barandillas, frutas, cafés, mimosas, vacas... debieron ser, aquéllos, años felices, seguro. O, tal vez, fuera la desaparición de estos mundos y un amor primero, no correspondido, los que me empujaran a pintar. Durante las últimas tres décadas lo sigo haciendo en mi taller de la Alameda (plaza Compostela): un lugar que, de alguna manera, con sus frondosos árboles y antiguos edificios, aúna aquel Roucos y aquella calle Real de mi infancia; uno y otra, ahora, transformados.
Amando (mayo, 2011)
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Exposiciones,
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Texto Ania G. Castiñeira,
Textos de Amando
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