29 ago. 2011

La mirada del resucitado

Foto: Rafael Ojea, verano 2011

Texto de Ángel Gómez Calle, incluido en el catálogo de la exposición Amando en el Castillo de Soutomaior, 1993

LA MIRADA DEL RESUCITADO

Cada hombre porta en su interior un cofre con sus imágenes sagradas. Desde el momento que las hace públicas, las condena a la profanación de sus discípulos, exégetas, críticos y custodios que las trasladan del ámbito hermético de lo íntimo y secreto, al mercado de la opinión pública, donde serán desmenuzadas, manipuladas de mil maneras.
Siguen así las obras de arte el mismo destino que los hombres: la entrada en el ámbito del otro, de los otros, con sus atribuciones y valoraciones, pueden definir para el hombre y para sus obras una identidad necesaria para existir como seres sociales, pero condena irremediablemente a alguna forma de mixtificación de lo que uno mismo considera es su "auténtica", su "verdadera" identidad.
Creo que hay en ello un desgarro y un enriquecimiento, pues la apreciación de su obra por el otro hace al autor verla desde entonces con otros ojos, encontrar, al mirarla de nuevo, otras sensaciones, reflexiones o sorpresas, buscar en ella algo que el comentario le desvela.
El pintor y su comentarista son como Narciso y la ninfa Eco. Aquél ofrece la imagen sin voz, ésta ofrece palabras sin imagen. Se muestra una vez más ese juego especular y de imposible conciliación definitiva de las dos mayores creaciones del hombre: la imagen y la palabra.
Amando me ha pedido que comente su obra. A mi juicio, de modo insensato, dada mi total falta de experiencia en tales lides y mis conocimientos más que insuficientes en la materia. Ni siquiera soy aficionado metódico a las novedades en este arte, sino vago y botarate espectador, ocasional admirador de eventos que casualmente se cruzan en mi camino. Pero amistad obliga.
La pintura de Amando parece nacer de una mirada jubilosa al Universo, perpleja ante la comparecencia que ante él hace la naturaleza y sus objetos.
Un júbilo intensísimo, propio del que estuvo a punto de perderlo todo, del superviviente que se ha visto muy cerca de la muerte, que ha vivido el terror de su inminente presencia. Del que en su infancia, a los 7 años, fue vestido de gala y llevado a la naturaleza, al campo, a su tierra originaria para que allí se diera el irremediable tránsito.
¿Cómo se puede mirar el mundo después de ésto, ya devuelto a la vida?
En este caso, Amando, el superviviente, parece que entiende, brutalmente, que nada se puede dejar para mañana. Siente hambre de las cosas, un voraz impulso para la observación y la admiración, cercano a la estupefacción atónita ante lo que estuvo a pique de perderse. Y que decide no dejar pasar ya nada ante sus ojos con indiferencia, pues todo adquiere un nuevo don de maravillosa gratuidad, irrepetible, digno de ser percibido con los cinco sentidos. Y aguza la vista y el oído, toca y retoca, degusta y husmea, dialoga con los objetos y las criaturas reencontradas.
Pero pasan los años y se acumulan montañas de tesoros perceptivos, de sensaciones, de reflexiones. ¿Dónde se establece, entonces, el territorio de la memoria, cómo distinguir la experiencia del descubrimiento? De aquí la perplejidad. La feroz contemplación, el exceso perceptivo tienen que ser controlados, domeñados. Y parece que Amando, para afrontar esta tarea, hubiera optado por la búsqueda, a mi juicio, mística, de "lo esencial" de las cosas; esencia como elemento ordenador de la vorágine sensorial en que se encuentra, que domine los señuelos perceptivos más evidentes y vaya ofreciendo conceptos ordenadores de todo lo que deslumbra su mirada. Y como vehículo posibilitador de este trabajo, que a su vez pueda dar cuenta de él. Amando elige la pintura, a la vez liturgia para oficiar el gozo de existir y rendir un nuevo culto a la naturaleza, y artefacto, método para ir recolocando lo existente en su conciencia a través del manejo del espacio pictórico como metasubjetividad; todo esto desde una posición emocional primigenia de suspensión y maravilla ante "lo dado" a su mirada de resucitado.
Intenta, así, pasar, por medio de la pintura, de un primer contacto ingenuo con el mundo, a la búsqueda de la "esencia" de las cosas. De una conciencia perpleja ante tanta maravilla, a la búsqueda de significación primaria de la presencia de los objetos, de su "identidad". En este sentido, Amando me parece un fenomenólogo que intenta explicarse el tránsito desde la naturaleza a la conciencia, o, en términos agustinianos, desde la evidencia sensible a la última verdad del objeto.
Y para conseguirlo parece ir reduciendo el campo perceptivo para no perderse en la totalidad de lo percibido; intenta establecer pautas de acercamiento a esa totalidad, selecciona objetos pictóricos muy concretos y vuelve a ellos reiteradamente, hasta la saciedad (troncos, cabezas de vacas, frutas, cumbres de montañas, mimosas...). El objeto escogido es siempre natural, el hombre, cuando aparece, lo hace en espacios indefinidos y en estado, curiosamente, "salvaje", siempre en rigurosa soledad. A veces, parece reflexionar sobre los límites entre lo natural y lo cultural, lo que pertenece a "lo mirado" y lo que pertenece al observador, o a "desde dónde se mira" (barandillas, cancelas...).
Los objetos estudiados con frecuencia se fragmentan, se desmenuzan, en una aproximación cada vez más detallista, intentando reconstruir el todo desde los fragmentos que contienen algo sustancial de lo percibido, de lo que se depositó en la memoria de los pasados encuentros con el mundo.
El pintor parece buscar un conocimiento del "sentido" del objeto, transperceptivo, desde el que crear su imagen pictórica, que ya no daría cuenta de la forma del objeto, sino de la experiencia interna que el observador tiene de él. Así, lo que fue experiencia sensible aparece transmutado en imágenes que son suspensión sensorial, evocación ideativa, recuerdo teorizado ("el mar es una montaña de agua"), a veces signos que reflejan contenidos de conciencia, en los que minimiza, hasta la casi desaparición , la elocuencia figurativa.
 Ponte da Esperela, 1992. Acrílicos sobre tela 195 x 162 cm.

Por esto, la búsqueda de Amando me parece mística: porque hay una primera actitud contemplativa, de pasmo ante el mundo; porque no hay continuo cambio de objeto pictórico, sino que se toma un objeto como un absoluto, dotado de misterio y de razón oculta, e intenta acceder al conocimiento de él, a la gnosis, a través de un camino de tensa y reiterada búsqueda, de progresiva accesis, de contemplación tenaz, oscura y silenciosa, de vuelta incesante, sobre el objeto con distintos planteamientos espaciales y figurativos, tratamientos cromáticos, texturas de la materia pictórica.
Cuando en el mundo de la imagen se impone la movilidad como valor superior, el zapping visual (no sólo televisivo), es importante que haya creadores que proponen imágenes en las que hay una pretensión de fijeza que las sustancia, en lugar de la paroxística movilidad que consume. Cuando hay una adoración idiota del suicidio, o el asesinato, o la guerra, o el coito en directo, del "estábamos allí" para servirle la mejor imagen fresca, aquí se propone la modestia, el ascetismo visual, se exalta la interioridad del sujeto perceptivo.
Parece existir, a la vez, una indagación sobre el estatuto espacial de las formas que se dan en un determinado ámbito de la mirada. Amando parece decidir que las imágenes, como las sombras, necesitan más luz que cuerpo, más de una ubicación que de una acabada expresión formal dictada por el academicismo o la moda. En esta búsqueda de la ubicación de los objetos es como si quisiera evitar que la imagen exagere su presencia y dilate sus dimensiones hasta adueñarse del espacio pictórico: lo formal queda minimizado en este espacio, y los diferentes fondos cromáticos, las texturas, la materialidad de los colores se adueñan de grandes superficies. Hay como un intento de democratizar las distintas presencias, de permitir la concurrencia de lo percibido y de lo evocado, esfuerzo al que colaboran los objetos pictóricos pasando, en diferentes momentos de la secuencia en que se abordan, de ser evidentes durante un tiempo a su casi desaparición, de la consistencia material a la transparencia o a la levitación, o a convertirse en relieve sígnico apenas perceptible, o a hundirse bajo tierra y degradar su presencia disolviendo su individualidad en el anónimo ciclo de la destrucción y regeneración de la materia.
Hacen así los objetos un tránsito, de la evidencia sensible a una vaga existencia en los territorios de la memoria, de la mítica y de la simbología individual del autor.
Quizá lo más genuino del arte, y su sueño, sea intentar hacer la crónica de estas salidas de escena, perseguir y fijar estas desapariciones, recuperar siempre en la expresión actual algo que, en definitiva, pertenece a la memoria. De ahí la fascinación por los cementerios.
Destrucción y generación; desaparición y presencia, memoria y experiencia actual. Este diálogo incesante parece existir en la pintura de Amando, y, al igual que lo vivo fascinante fortalece su capacidad de sugestión después de la muerte, en sus series el pintor nos transmite la fascinación por los objetos que aparecen y se reconstruyen desde sus propias cenizas.
Pero aún en el viaje más radical a la esencia de las cosas, Amando parece haber descubierto la esterilidad de cualquier conocimiento que no pasa a ser, de algún modo, experiencia compartida con los otros, los amigos, los allegados; en esta lucha para que el conocimiento hallado no muera, puro pero solo, puebla todos los momentos en que se detiene con tazas de café, de presencias, de charlas, en donde, seguramente, encuentra el equilibrio para que sus experiencias íntimas, para que su conocimiento, como el canto del poeta no busque la profundidad hundiéndose, encerrándose, en su oscuro subsuelo del autismo, sino elevándose al aire y convirtiéndose en conocimiento y canto de todos los hombres.

Ángel Gómez Calle, 1993
(psiquiatra)

Foto: Ángel Cardín (Noia, 2008)

22 ago. 2011

Inauguración de la exposición AMANDO EN FRÍO





Exposición
                     AMANDO EN FRÍO
                     [pinturas y dibujos de los años 1983-84 y 2011]

Heladería Capri
[plaza de Compostela, 36 Vigo], inauguración el 18 de agosto de 2011.

del 18 de agosto al 2 de octubre de 2011

16 ago. 2011

AMANDO EN FRÍO

Fotografía: Rafael Ojea  ©2011. Diseño tarjeta: Rubén Pardiñas


Exposición: AMANDO EN FRÍO

Pinturas y dibujos de los años 1983-84 y 2011

Heladería Capri
plaza de Compostela 36, Vigo
18.08.11 - 02.10.11

inauguración jueves 18 a las 21 h.