19 may. 2009

En el espejo del arte (Francisco Jarauta)


Rumor I

Año 1997.
Acrílicos sobre tela. 114 x 114 cm.

reproducido en el catálogo Cármenes, Deputación de Ourense 2005

colección particular, Vigo



En el espejo del arte

1. La noche de Nuenen
En una carta de octubre de 1885, al término de una larga
y fructuosa estancia en Nuenen, Van Gogh escribía a su hermano:
“Por el momento, mi paleta se deshiela y la torpeza
del inicio ha desaparecido. Todavía me rompo a menudo la
cabeza cuando empiezo, pero así y todo, los colores se
siguen casi solos, y tomando un color como punto de partida,
me viene claramente a la mente el que debe convenir
y cómo se puede llegar a darle vida”. La paleta congelada
se deshiela y el color busca su tono, aquella afinidad natural
que rige el color y la vida.

2. Luz de octubre
Ninguna emoción es comparable a la de la luz de octubre
sobre la plaza del Kremlin, escribía Kandinsky en sus Rückblicke.
Lo incendiaba todo y los rojos/oros absorbían la plaza
para transformarla en color, una mancha que disolvía formas,
paisajes y arquitecturas. De ellas sólo quedaba, transfigurada,
la materia que ardía al atardecer.

3. Amarillos de la tarde
Si el azul es el primer reflejo de la luz en la materia –“en el
azul sagrado suenan pasos de luz”, escribía Trakl-, el amarillo
es el color de la tarde. Ilumina las cosas en el momento
de su partida o desfallecimiento, antes del abandono de
su aparente estado natural, en ese instante peligroso en el
que hace enloquecer el propio límite, abismándose en el
espacio innombrable. Es él quien nos recuerda que toda cercanía
es también distancia, como todo encontrarse es un
perderse y toda aurora un ocaso. “Ah!, le soleil se mourant
jaunâtre à l’horizon!”, que anotaba Van Gogh en sus cuadernos
de Arles. A la serena ironía del azul opondrá el rayo
devorador de los amarillos de la tarde, como si antes de
abandonar las cosas quisiera incendiarlas, transformándolas,
así, en puro resplandor.

4. Cézanne
Hay que pintar con la luz de Courbet, aseguraba el viejo
Cézanne. Fue él quien con más radicalidad defendió que la
pintura no es el arte de imitar un objeto, sino el de dar una
conciencia plástica a nuestro instinto. Cézanne sabía bien
que las fronteras que separan las cosas conducen al mismo
abismo. ¡Qué otra cosa nos enseñan la primavera de Wordsworth
o la naturaleza de Cézanne, la silueta de Acab o la
mirada de Lady Macbeth!

5. Resplandor
Y si la pintura fuese el lugar último con el que expresar las
contradicciones del mundo, de la vida, del tiempo. “No se
trata de pintura, yo no lucho con ella, voy más allá”, confesaba
Rothko cuando mostraba sus cuadros. Él, el extranjero,
hablaba siempre desde la otra orilla. Como Turner en
Venezia, Rothko querrá ir siempre más allá de lo visible de
las cosas. Aunque esta decisión lo precipite en el corazón
de las tinieblas y lo ciegue. Allí está la muerte, pero también
el límite transfigurado.

6. It must be abstract
Wallace Stevens escribía allá por el año 1942 que la suprema
ficción deberá ser abstracta. Contendrá los mundos y los
tiempos, en su interior se citarán los límites y las esperanzas.
Su corazón será aurora y la tragedia que abraza la historia
dará paso a una nueva época. El arte, mientras, custodia
la espera.

7. Pintura
Todos sabemos que el color es el momento de la decisión:
en los rojos intensos, los amarillos luminosos, los azules
ofuscados, etc., se decide el sentido de un cuadro. Hay algo
físico que acompaña a la pintura de Amando y que decide
no sólo la intensidad, sino el secreto de lo pintado. Todos
los colores vibran a velocidades distintas, siendo el rojo el
más lento. A Rothko le fascinaba especialmente el rojo.
Pasaba horas enteras delante del Atelier rouge de Matisse
en el Moma. Allí se contenían todas las sombras que nos
inquietan y protegen, de la misma forma que en los cármenes
que ahora podemos contemplar.

Francisco Jarauta

Texto en el catálogo de la exposición Cármenes; sala Diputación Pronvincial Ourense, 2005.

No hay comentarios: